Cosa difícil en nuestro tiempo es volar;
transferir las voces,
mover la ropa dentro del cuerpo.
Mis alas no saben a ave,
no suenan en el viento.
¿Quién tiene la culpa de que mi vestido
se acomode sobre la ciudad,
y la oculte a fuerza de fe,
con la magia bordando los milagros?
Cuando caigo
y me acuesto entre las piedras,
tú llegas
con el amor que elimina
el dolor en la conciencia,
limpias la ropa que me puse antes,
pones mi cabeza sobre tus ojos.
En todo el camino de mi vida
has sido tú la más dulce,
la más pensamiento,
el algodón perfecto para evitar caídas.
Amas y llegas
sembrando la luz cerca de mi semilla.
Eres lo otro que existe,
el ejemplo,
la ternura animal,
el movimiento etéreo,
y a pesar de mi tierra, cantas
te abrazas a la soga para liberar mi cuello,
ríes con la campana que te hace menos humana.
Si llegara a ese camino que busco,
lleno de poemas,
de aguas que llevan todos los barcos hacia la felicidad,
diría tu canto: “vuela conmigo”,
para vestirnos con el rigor del oro,
con la exuberancia del alma,
el descanso en la almohada.