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| I A David Lago Cuan feliz puede ser el hombre que con su azada hunde en la tierra el verso para hacerlo florecer y luego en el ocaso se sienta a observar por donde surgen las espigas de sus palabras Cuan feliz puede ser el hombre cuando recoge el cuerpo elaborado de los versos y no se arrepiente de haberlos desmembrado para hacer de ellos esa entidad de inexplicable belleza que es el poema. II Cuando se rompe un lazo que uno creía profundo la mitad del cuerpo es vidrio la otra mitad combinación de malditos bicharracos que haciendo ruido devoran el escaso verdor de la esperanza. III Cuando la mano se esconde y reaparece dócil en la entrega del saludo disfruta ese apretón del sentirse reclamada en el primer impulso La mano cuando se retira a la oscuridad del bolsillo vacío no sabe que su huella quedó prendida en ese instante en el que algo de amor infundió su gesto. Miami, 2007 |