Karina Reyes alza el rostro, hace una oración en donde exige la sanación de esta alma pecadora y débil, y de inmediato la voz de siempre le pide que le empuje la frente, que la presione hacia atrás y abajo, que con todo el esfuerzo de su pesado cuerpo obligue a la feligresa a caerse de espaldas. Y eso sucede precisamente. Se cae. Cantan un himno, mueven las panderetas, todos invocan a Dios y dan el crédito al Espíritu Santo. Pero Karina, aunque con ojos cerrados aún, sabe que la responsabilidad es de la voz.
Continúa el servicio. Karina es llamada a moverse de un lado a otro sobre el altar. Lo hace con gracia y destreza aprendida. Impone sus manos sobre la frente de otra mujer, luego sobre la de un hombre. A ambos también los empuja. Caen. Ella regresa al medio del púlpito mientras canta un poco desentonada, pero a gritos. Descubre a un joven que muy posiblemente tiene problemas de drogas. No recibe bien el mensaje. La voz ha bajado el tono. Se distrae intentando escucharla. Coloca sus dedos llenos de sortijas de oro catorce sobre las cejas perfiladas del muchacho. Él es algo afeminado. Lo escucha hablar, repetir una plegaria, extender los brazos y Karina empieza a sospechar, y cómo si fuera médico, a intentar elucubrar un diagnóstico. La voz le pide que a éste lo tire fuerte, fuerte, y le saque ese demonio. Así lo hace, pero el muchacho, pérfido en su realidad juvenil, disidente de creencias y dogmas, vestido de gótico, mueve una pierna hacia atrás y hace equilibrio. Entonces no se cae. Queda de pie, gritando y llorando junto al resto de la asamblea.
Karina hace unos manoteos y enseguida se le acercan tres diáconos y una misionera voluntaria. La misionera deja de lado la caja de contribuciones que sostiene, pero Karina con los ojos le transmite que no la suelte, y que en medio de lo que vaya a hacer, continúe pidiendo la ofrenda a los otros. El cuarteto se le abalanza al joven e intenta sacarle lo que sea que tiene dentro, mientras a Karina le suena el celular en el interior del bolsillo de su falda de hilo. Ella levanta un poco más su griterío y toca el celular por encima de la ropa. Deja de sonar, pero le sigue vibrando. ¡El Señor está cerca!, asevera y hace señas para que el auxiliar de Pastor la sustituya por un momento. Deja a los concurrentes entre el ¡Aleluya! ¡Cristo Jesús, escúchanos!, y se va a la oficina a limpiarse el sudor.
Se sienta en su escritorio y mientras observa la fotografía de la clase graduada de teología y divinidad del 2005, saca el teléfono. Lo mira. Es un mensaje de texto. Sabe de quién es y antes de decidirse a leerlo, la voz le dice Cálmate, respira hondo, eres la hija de un Rey Salvador.

Conoce a la voz desde pequeña. La escuchaba dentro y fuera del catecismo, antes y luego de recitar los mandamientos, primero y último al estudiar los sacramentos, en la mañana durante el desayuno, en la noche al acostarse. En una ocasión la voz logró abrirle los ojos a la estatua de Santa Rosa de Lima que se erguía a un lado de la sacristía. Ese día lo supo. Podía hacer premoniciones de quién moriría, quién tendría un accidente, quién estaba embarazada sin decirlo, quién había abortado y qué niño le había robado la merienda en el recreo. La voz la invitó a ser Hija de María una vez, cuando ella y su familia aún eran católicos. Le soplaba los versos de los cánticos que olvidaba, el orden de las cuentas del rosario cuando se perdía, y la ayudaba graciosamente a hacer tropezar a la gente con las escalinatas en misa. Luego la presionó a ser líder ministerial del grupo de jóvenes de la iglesia nueva a la que asistía su mamá después del divorcio. La voz también le había advertido de las correrías de su padre, de las suciedades que hacía con otras mujeres, pero Karina había callado con una madurez inusitada en una niña de doce años, por aquello de no herir a la autora de sus días.
Lo que la voz nunca le mencionó, ni con sospechas, ni con augurios, ni con señales o presentimientos, fue el asunto de Alberto.


El mensaje de texto titila en la pantalla. Prende y apaga. Como una luciérnaga. Como faros primitivos o fuegos de leña. Prende y apaga; hierro quemado y piedra incandescente. Como el centelleo de una estrella en el cielo sin nubes, sin nada que la esconda. Nada la esconde. Se queda allí. Visible. Y se le mete por dentro. Por cada espacio por donde le respira la piel. Afuera el abolengo ruidoso, desbordado de pecado original, continúa. Los lamentos, las alabanzas, los coros. Mi Dios está vivo, Él no está muerto, lo siento en las manos, lo siento en los pies, lo siento en el alma, lo siento en todo mi ser. Hay que nacer del agua, hay que nacer en Cristo y el espíritu de Dios. Karina abre el mueble de archivo gris de la derecha y saca la carpeta con la letra “D”. Diezmos. Honra al dador alegre, mi Dios, hónralo y bendícelo mi Señor. Y la voz hace un chasquido de lengua.
Adentro de la carpeta hay papeles marcados con tinta roja que dicen la palabra “Atrasos” en letras grandes. Son los que no han pagado en meses. No sólo no han pagado, muchos de ellos no han regresado a la congregación. Una vez salvo, siempre salvo. Eso dicen. La voz le asegura que no es así, entonces ella asiente.
A veces tiene el poder de curación y levanta gente de sillas de ruedas, sana sus rodillas, revitaliza sus huesos, cura la demencia senil y abre los ojos a los que tienen cataratas, astigmatismo o miopía; nunca a los ciegos totales o parciales, y nunca abre los oídos a los sordos de nacimiento. Pero sí les da esperanza y sí cura el cáncer, el sida y el herpes genital, o al menos aclara los errores de pruebas de laboratorios y rayos x, aunque no es ella, es la voz quien lo hace. Y recibe el don de hablar en lenguas y el de interpretación de esa propia lengua que la voz le dicta, que no es inventada, que no es un artificio concatenado y colérico del ánimo y la emoción, sino algo estudiado y comprobado, y hasta científico. Tampoco jamás ha levantado, aún, un muerto.
Busca entre los papeles y encuentra el record de Miguel Pelayo. Registro, dirección, teléfonos. El Miguelo, le decían antes de llegar a su Iglesia para redimirse, una tarde de junio. Llegó para expiar las culpas de todos los collares que había preparado en su vida, y todos los baños de pacholí, tártago y alcanfor que había recetado a sus clientes que lo acompañaban a la playa de madrugada. Llegó luego de la visita de la pastora. Una consulta poco usual, sugerida y apoyada en su totalidad por la voz que siempre la dirigía. Botella de sándalo, dedicación de palomas, mano de azabache que cuelga con alfiler escondido entre la ropa. Luego de los resultados, vino el arrepentimiento, ojos cerrados, oración e himno. Beso en cada mejilla al hombre que se vestía de blanco, que usaba tatuaje escondido de la Virgen de la Caridad del Cobre en la espalda y pulsera de caracoles en el tobillo. Karina le tomó cariño, en agradecimiento. Le tomó el pulso de vaticinios, de gestiones en pro del lado oscuro, de querer justificar el mal y el bien, bondad con maldad. Quiso reivindicarlo y reivindicarse. Su desliz debía desaparecer, su flaqueza había que borrarla luego ya que Alberto se había enderezado.
Pero Miguelo duró en la Iglesia lo que dura la ventisca de verano. Entre ellos no cuajaba, se sentía inadecuado. Viento que sopla fuerte y luego se detiene. Silencio y ausencias a pesar de haber demostrado que tenía el favor del Espíritu Supremo y de la voz, que eran y no eran lo mismo. Debido a que demostró en un servicio tomar serpientes con sus propias manos cuando éstas salían de los ojos y la boca de algunos presentes, fue postulado para dar clases en la escuela dominical en las mañanas grises de agosto, pero los huracanes no le dejaron hacerlo las primeras veces, y luego ya no quiso. Miguel dejó de venir y empezaron a atrasarse sus caridades monetarias para con el templo. La Junta Pastoral le envío cartas, como era el uso y la costumbre a realizarse en todos los casos de feligreses morosos. De buenas a primeras él las contestó enviando un cheque que acallaba las culpas y los reclamos. Su ausencia persistía, pero a nadie parecía incomodar mientras se recibieran las remesas. A nadie más que a Karina y al silencio que escucha, ese silencio que acaricia las sienes de las paredes como punto focal e indoloro, ese silencio que a veces le grita y la hace llevar los ojos atrás, volverlos blancos, o amarillos o rojos. Al final, se detuvo el envío de las ofrendas de Miguel lo mismo que la necesidad de su presencia.
La voz le ha pedido que lo contacte. Que lo llame ahora mismo. Karina va a hacerlo. Hace mucho tiempo aprendió a no irle en contra. Se levanta y le pone seguro a la puerta.


Miguel Pelayo, que bueno conseguirlo, necesito hablarle en privado otra vez… y no se preocupe, no es para un asunto de la Iglesia… Sí, si… Lo mismo que cuando usted vino antes, necesito se trate este asunto con la mayor confidencialidad, como siempre… igual a la vez pasada, pero un poco más complicado…Claro que sí que puede hacer su consulta en estos momentos, no voy a ofenderme… es más, hasta lo prefiero… Comprendo que deba entrar en trance y que le estén presentando mi información esos a quienes usted llama sus seres…, usted y yo tenemos cosas en común y bueno… así es, mi esposo Alberto otra vez… Así es, tiene razón, Miguel. En esta ocasión lleva una semana fuera de casa y claro, tengo que mostrarme firme ante mi pueblo, pero… No, no puedo demostrar nada… pero duele, Miguelo…espere un momento, usted sabe que a mí también me hablan y debo escuchar esos mensajes divinos, no se vaya de la línea, déme un minuto para respirar… No, no estoy llorando… Es que la mujercita es una arpía, una robamaridos profesional… mi voz interior me dice que le ha hecho un trabajo… Sí don Miguelo, hago mis oraciones de siempre, no me cuestione mis creencias de nuevo… esto es un negocio… Creo en lo que creo pero le requiero otra vez la intervención en este caso… Quiero descojonarla…Usted sabe que el asunto económico no interesa… Pus, y gusanos y alguna gallina de esas… Y que pierda a la criatura. Gracias de nuevo… ¿Cuándo espero el resultado?... Dos días… Quedo satisfecha, pase mañana a concluir el asunto y le pago… Recuerde venir solo y tarde…


Karina Reyes, graduada suma cum laude del ministerio de redención, teocracia y deidades trinas de una universidad extranjera, ahora pastora fundadora de la Iglesia Cristo es la Roca, Inc., vuelve a leer el mensaje del celular y le da a la tecla de guardar. Lo lee de nuevo antes de apagar el teléfono y regresar al altar a imponerle las manos a otro que la necesita ansioso, esperanzado, consciente de que esta mujer tiene el verdadero espíritu del Dios Vivo y Verdadero en cada poro de su piel. Lo lee. Después, sin mirarlo siquiera, y mientras camina hacia su anhelante feligresía, la voz se lo repite. Esto es lo que dice el mensaje: “Ahora mismo me lo está metiendo”.