Últimamente, al soñar,
aparece en cada sueño un componente que fluye a lo largo de él
y sólo se detiene al despertar.
No sé qué significa en la simbología onírica:
siempre olvido la llamada de los símbolos
ni me obsesiono en ver una segunda sombra tras cada trazo,
excepto en mis estados de paranoia,
y siempre habrá una razón para mirar atrás...
Mucho menos en basar mi vida en flechas,
círculos o laberintos de cualquier religión en la que no nací.

Pero aquí se presenta El Agua todas las noches.

No es la inquietante gota de agua
que el angustiado Andrei dejaba caer
en cada uno de sus poemas visuales,
dentro de un lenguaje de códigos que sólo los del gulag
suponíamos arrogantemente descifrar.
Es un agua que fluye continuamente,
de manera tranquila, reposada pero incontenible.
No sé de dónde viene, no veo ninguna boca de manantial;
no sé dónde va: cuerpo abajo, calle abajo...
pies..., largos pies de una sombra que se pierde..., refresca tanto la piel arrugada...
Pienso en algo que limpia, purifica,
o en algo que indefectiblemente rueda para desaparecer y borrarlo todo.
Pienso en ti, metida en mi cuerpo ahora.
No sé si vienes a decirme que estás aquí
para limpiar mi suciedad
o para anunciarme que partes definitivamente.
Recuerdo,
como si lo hubiera vivido,
a Virginia Woolf entrando al río.