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| Observo
cómo te retuerces un mechón de pelo con el dedo índice.
Ese gesto tuyo indica que vas a decir algo que te preocupa, te desagrada
o te incomoda. El pelo, demasiado corto para envolver tu dedo, se riza y
tú buscas las palabras adecuadas. Las eliges con cuidado. Tú
tan detallista y yo tan despistado. Parece mentira que llevemos juntos más
de diez años... Tienes mala cara, has dicho. Pero sé que no
te preocupa sólo mi aspecto, sino ese silencio en el que me he sumido
estos días. Te he descuidado un poco, es cierto. Estas últimas
noches me acuesto antes y doy vueltas en la cama mientras tú ves
una película o lees un libro. Por la mañana me levanto muy
pronto y salgo a correr, aunque haga frío. Ya no corro, simplemente
camino rápido, hasta que siento los dedos congelados y entonces vuelvo
a casa. Cuando entro tú ya estás preparado y me besas con
suavidad antes de coger el ascensor. Se cierran las puertas metálicas
y yo retengo durante unos segundos el olor de tu aftershave. Hace tiempo que no hacemos el amor, lo sé. Es otro motivo por el que jugueteas con el mechón de pelo. Quizás debería decir lo siento, pero no sé por qué no lo digo. Qué extraño resentimiento lingüístico. Debería aprovechar la ocasión para hablar y contártelo todo. Sí, creo que ha llegado el momento. Te diré que me suceden cosas... Algo que no sé explicar. Quizás esté un poco tarado, quien sabe... Hace unos días, por ejemplo, iba en el metro, adormilado y, de repente, escuché una conversación que me llamó la atención. Aquella mujer, porque era una voz de mujer la que oía, le contaba a alguien la historia de una niña que se había perdido en el bosque. Cómo se había quedado rezagada y se había apartado de su grupo. La excursión escolar se había convertido en tragedia. Cayó la noche y la gente la buscaba en el bosque, en las colinas. La mujer describió los haces de luces de las linternas, los ladridos de los perros Ella había soñado que alguien la llamaba pero no había salido salir de su sueño de hielo y frío. La encontraron al día siguiente, entre los arbustos en los que había dormido. Estaba bien; parecía que no le había pasado nada. Sólo quedaron aquellas pesadillas que ella nunca supo describir. Su aprensión a los sonidos bruscos, a las sombras repentinas. La vida continua, dijo la mujer, sólo que nada vuelve a ser igual. El miedo es otro órgano; como un brazo, una pierna Está ahí. Hay que atenderlo. Cuidarlo. Convivir con él. Intenté girarme; quería ver a la mujer pero no podía. Entonces, el metro se detuvo, se abrieron las puertas y la persona que buscaba se perdió entre la multitud. Me bajé del vagón a empujones pero no pude reconocerla. La perdí. Me quedé allí, solo, en el andén. Mi corazón latía acelerado y me sudaban las manos. Aquella mujer, que sin duda era la niña perdida, había contado mi propia historia. Tú la has oído mil veces... La mujer se fue y sentí que se llevaba una parte de mí mismo. Me hubiera gustado tanto mirarla a los ojos y ver qué escondía su mirada Estuve alterado todo el día. Y no, no me digas que sólo es una casualidad. Hay más... Me han sucedido otras cosas extrañas... Unos días después volví a escuchar una nueva conversación en el metro, esta vez entre un chico y una chica. Sólo podía verlos de perfil, entre una maraña de brazos. Parecían jóvenes estudiantes y ¿sabes de qué hablaban? De Dios. De la vida. Allí, en medio del vagón, entre gente que sudaba, que se rascaba la oreja, que bostezaba, ellos hablaban de Dios. Y lo más extraño es que yo tenía la sensación de que hablaban para mí. Ella decía que había vuelto a creer en Dios a causa de los conejos. Le había sucedido de repente. Tenía que trabajar con un conejo. Era un trabajo difícil, decía la chica. Es muy fácil que el conejo se muera, bien de stress, bien porque se le rompa la columna vertebral. Suele suceder. Tú intentas hacer tu trabajo con el conejo pero de repente está muerto. Un cero y a septiembre. Pero aquel conejo... Estaba segura de que se iba a morir. Tuve la certeza de que la vida se le iba, lo sentí en su forma de temblar en mis manos. Aquellas convulsiones me hicieron desear salir corriendo. Notaba cómo su cuerpo de algodón se vaciaba; se estaba convirtiendo en un pobre peluche. Y entonces sucedió. Su cuerpo reaccionó espontáneamente. Creo que Dios tocó su piel suave con sus largos dedos invisibles. Y yo aprobé el examen. Aquella conversación me impactó; no podía dejar de darle vueltas al asunto. De alguna forma sabía que aquellos chicos que hablaban de Dios, me hablaban a mí. Me obsesioné con el conejo superviviente. De nuevo tenía en mi cabeza pensamientos inusuales, pensamientos kamikazes. Eran inútiles pero a la vez muy inquietantes... Y me ha ocurrido más veces. Pienso en algo o en alguien y luego sucede... Ayer, por ejemplo, recordé a Isma. Alguna vez te he hablado de él, mi amigo de la infancia, el que se tiró por una ventana una Nochebuena que soplaba el viento sur. Nunca soportó ese viento; le enloquecía. Pues bien, hacía años que no pensaba en él. Entonces levanto la vista y en el cristal de enfrente está grabado ese mismo nombre: Isma. No Ismael, no, sino Isma, como le llamábamos nosotros. Y a mí me da un vuelco el corazón. Y no me digas que ha sido al revés, que primero vi el nombre grabado y luego pensé en Isma, porque estoy seguro de que no fue en ese orden. Ya tenía a Isma en mi pensamiento cuando bajaba las escaleras automáticas y recordaba su forma de arrugar la nariz cuando algo no le gustaba. Y lo que ocurre es que todas estas casualidades me han trastornado. Me siento un poco loco. Alguien cuenta su historia, que es mi historia, a mis espaldas. Me obsesiono con los conejos estresados y con la facilidad de los animales de laboratorio para morirse en mitad de un examen. Me he vuelto vulnerable. Cualquier cosa, incluso un simple nombre grabado en un cristal puede alterarme. No sé... Tengo miedo de descentrarme. De acabar un poco ido Y ¿sabes qué es lo peor de todo? Lo peor de todo es que si todas esas casualidades quieren decir algo, me indican algo, me señalan un camino, debo entenderlas. Debo seguirlas. No entiendo por qué demonios Dios, o quien sea, me habla en clave y hace que me sucedan cosas que me desconciertan. Me envía a unos adolescentes estudiantes de veterinaria. Me lee el pensamiento y lo graba a navaja en un cristal... Porque lo que yo quiero, lo que necesito, es comunicarme con él. Tengo que decirle que deje de jugar con estas cosas. Que yo ya sé que está ahí. Que ya me lo ha demostrado. Pero que, por favor, ahora haga algo serio. Que se deje de chorradas. Quiero pedirle que, si es tan poderoso, utilice su poder para algo importante. Para curarme, por ejemplo. Porque hace ya unos días que el médico me dio los resultados de las analíticas y ¿sabes? te mentí. No quise hacerlo pero la verdad se me quedó dentro, pegada a las costillas, enredada en mi esternón. No pude decírtelo. Disimulé el malestar e inventé palabras que sonaran bien, que no te asustaran y te hicieran daño Sí, tienes razón; las defensas bajan en picado. Sabíamos que sucedería desde que me detectaron los anticuerpos Creo que ha empezado la cuenta atrás Está bien, ya te lo he dicho. No sabía cómo hacerlo. No es fácil decir a alguien a quien amas que las cosas se han torcido, que lo que hemos temido tanto tiempo, va a suceder. Porque aunque creas que estás preparado, es mentira. Nunca se está dispuesto. Te sientes perdido, estresado, como el conejo del laboratorio. Sólo que él se muere sin darle vueltas al asunto y yo... Yo quiero encontrar a Dios y hablar con él cara a cara. Pero no me mires con esos ojos tan tristes. No sigas retorciéndote el mechón de pelo. No lo hagas más, cariño. Te necesito como has sido siempre. Con tu sonrisa y tus excentricidades. Con tu facilidad para meter la pata en las conversaciones. Con tus obsesiones, tu ternura y ese envidiable sentido del humor. Necesito tu mano en mis manos mientras vemos las noticias. Tus pies fríos en mi cama. Ven a mi lado, amor mío. Apoya tu cabeza en mi hombro... Mañana, en el metro, estaré atento. Le buscaré. Esta vez no se va a escapar entre la multitud. Y cuando hable con él, todo se solucionará. Estoy seguro. |