
| Ayer
era sábado y para que en casa descansaran de mí, me fui solo
a la costa, frente a Inglaterra. Me levanté como siempre, a las 5
de la mañana y a las 7 ya entraba en el pueblo costero de Saint Valéry,
no hacía frío pero tampoco calor y como las calles estaban
desiertas, me vinieron a la mente esos pueblos abandonados que hace años
vi por España. Atravesé el pueblo lentamente en dirección
del faro del Hourdel. Sin tráfico, mi carro se deslizaba por la calle
principal con las ventanillas abiertas para escuchar mejor la algarabía
urbana de los gorriones. Siempre voy al faro, a tomar un café y a mirar a la rubia medio vikinga que sirve detrás del mostrador .¡Después de viejo, esteta! pero como al pasar de los años se pierde la osadía pues solamente le dije ¡bonjour!, ¡ Un cafe por favor !, ¿cuánto le debo? y ¡hasta la vista . Bajé del faro a la playa de piedras, me acerqué al mar para tocarlo como en un ritual. Siempre que voy al mar, lo toco, ¡sabrá Dios por qué!. Me senté en las piedras mirando al horizante y al rato pasó una mujer con un niño en los brazos; primero fue a pedir limosna a los pescadores que se preparaban para salir con la marea pero cuando vio que los pescadores no le hacían caso, vino directamente a mí y se me plantó delante con el niño lleno de mocos ya a esa hora del día. Mugrientos estaban los dos, la madre y el hijo. Aquella mujer tenía en su cara toda la miseria del mundo y me enseñaba un papelito con un escrito en francés : « necesito dinero para comer ». Parecía gitana porque tenía la piel cetrina igual que una tía mía que vive en Miami y se las da de muy castellana cuando en verdad, por esa banda, somos gitanos de Granada. La supuesta gitana seguía mirándome fijamente y acercaba cada vez más el papelito a mi cara. Saqué del bolsillo los 5 euros que me quedaban, se los di y se me arrimó hablando en no sé qué idioma y me puso una mano en la cabeza en tono de agradecimiento, lo tomé por un ritual de ellos y aunque no me agradó ni un poquito se lo acepté para que me dejara tranquilo. Ya eran las 10 de la mañana cuando salí de la playa del faro, me metí en el carro y me fui a almorzar como a 10 kilómetros del mar, a casa de unos campesinos amigos que tienen fango, vacas, caballos y moscas en la olla de leche que hierve en la cocina. Nadie va a verlos, ¡ni sus hijos!. Siempre que llego se ponen contentos y yo creo que es porque a mí no me da asco ver cuando la guajira quita las moscas que flotan en la olla de leche con su dedo índice antes de traquetearlo en el aire en dirección del suelo para que se le desprenda el animal muerto. En todos estos días no he dejado de pensar en la gitana con su niñito... La vida de esa pobre mujer no le interesa a nadie. |