|
Cuando
era niño
y la máquina corría entre húsares de azúcar,
la familia reunida en son de domingo,
la radio comenzaba a tocar aquella canción;
yo me hundía en el sillón trasero del Buick
pero al mismo tiempo como alargando la mirada
más allá de la sabana camagüeyana,
más allá de los veloces árboles que desaparecían
no sé si en el fundido negro del coche o tras el horizonte..
Era una canción que me creaba nostalgias,
pero no de las habituales: ¿qué otro pasado puede tener
un niño
que no sean lagartijas amarradas con un cordelito, o libros,
o jugar a los gangsters detrás de las postes de la luz?
Era la nostalgia ante el misterio de ser mayor,
de no ser ya nunca más un niño.
Escudriñaba en busca de aquella pareja de espumas y nubes
que paseaban por la alameda de algo que me parecía una llanera,
orgullosos de tenerse más allá del tiempo,
No se estila, ya sé que no se estila..
pero aunque a muchos importe la envidia que generan dos
pocos pueden meterse en la radio de una máquina,
amarraditos y tan absortos que sólo a ellos dos importa.
En Porto Alegre, Marla y Gilmar, esperan cada sábado para irse
a bailar.
Como un par de viejos novios.
Porto Alegre es una gran ciudad, pero se vuelve pequeñita
cuando van entre espumas y terciopelos.
El aire agita con donaire los pañuelos...
Hace un retorcijo las faldas hasta amarrar la cintura de su compañero:
repiten las historias de sus abuelos,
las viejas y hermosas historias de amor y elegancia.
(Hospital,
Madrid 17 de abril de 2006)
|