
| Planeas
ver como te despedazan, imploras en el subconsciente que te dejen los ojos
para mirar como tu carne los alimenta. El canto de los pájaros es alarma, el sentido de sus acentos aclara el ritmo de las entonaciones, muta su canto en grito de peligro. Abres y cierras los ojos. El gruñido del jaguar sentencia. El sonido que escapa del hocico de los cocodrilos, es el reto. Jaguar y reptiles disputan la presa. Los monos ríen. Se ríen de tu angustia. Pero el destino incide con tu cuerpo y antes que las arrugas de la piel desaparezcan, la lluvia gotea sadismo sobre la cabeza. Lloran las hojas del conocarpus y el rizófora estira las piernas para caminar hasta tus ojos. Sus ramas te recluyen. No eres el único que respira bajo estos árboles, son más los animales que están bajo sus ramas. Sientes la mirada de las hojas sobre tus clavículas. Eres el retorno de la evolución. Tienes ampolladas las manos, el silencio atorado en la lengua. Eres el respiro de una especie que se extingue, imploración de misterios que se evaden. Los sistemas filosóficos morirán, en este bosque de mangles, en los dientes filosos de una especie que dirá, al fin de tu existencia: él último Humano tuvo sabor amargo. |