Sí, una casa maravillosamente construida sobre un promontorio y, sin embargo, rodeada de casas, construidas sobre promontorios más pequeños. La atmósfera tenía ese tinte rosáceo que caracteriza a las tardes lluviosas. Se podría decir que esa particular transparencia, esa ligereza en el aire, y ese flotar misterioso de las hojas, que invadían poco a poco los alrededores, contenía una clave inquietante y una expresividad inasible para los limitados sentidos.
Pues las hojas llenaban las calles. Unas hojas color de estaño, de cobre fundido y espeso, con un brillo que intimidaba y a la vez sentía como una muestra de poder que las hojas se permitían, una especie de fisura en su mundo que las hojas nos ofrecían con un poco de compasión maléfica.
La casa era común. Parecía ser como todas las demás, pero un ligero temblor que agitaba sus paredes, impecablemente pintadas de blanco, nos hacía pensar que su falta de singularidad era sólo una apariencia.
En el portal de la casa estaba la adolescente que jugaba tranquilamente con su pelota. Una pelota hecha de agua y reflejos que se mantenía sólida por no sé qué milagro de cohesión. Reparé en la niña, en la pelota, y en la casa que palpitaba con sus amables muecas, como indicando que mi aparente inexpresividad ante lo que veía era una táctica premeditada.
Ya que no había alternativas, me dirigí hacia la adolescente de la pelota puntiaguda y de los mortales reflejos. Le hablé sin reparar en las palabras, como recitando un discurso tedioso que hubiera interrumpido hace solo unos minutos.
La niña me expresaba su cortesía haciendo que sus ojos cambiasen de color a medida que mi relato progresaba. Esto lo advertí y ha quedado registrado en mi memoria como muestra de una gratitud que me es imposible demostrar por otros medios. Su pelota se había convertido en una rana bastante tímida, que apenas se atrevía a salir del oído izquierdo de su ama, donde seguramente ya había decidido permanecer por largo tiempo. la niña no reía pues, a pesar de su extremada juventud, sabía del gran peligro que iba a correr con ese abandono, en un momento en que las más potentes fuerzas confluían en un solo punto y podían hacer que todo estallase en menos de un minuto. Entonces se apresuró a decir su nombre, el cual no fue nuevo para mí, ya que recordaba haberlo soñado una tarde en que dormía bajo la sombra de un naranjo. Se llamaba Wood. Era impaciente y hablaba con familiaridad, utilizando palabras inconexas que no parecían pertenecer ningún idioma conocido. Más bien inventaba las palabras junto con las ideas, como demostración de su deseo de cambio en el mundo de lo abstracto y lo concreto. Sólo más tarde se atrevió a usar frases coherentes, cuando no temía ser traicionada por oídos que no escucharan o que entendiesen mal.
Wood habló de la imagen del Estado Eterno y quiso mostrar su capacidad en tales asuntos cuando me entregó su visión sobre ese indescifrable monstruo que otros llamaron Leviatán. Imaginaba Wood al Estado como una bestia védica, con una cabeza y miles de brazos que giraban en una danza macabra. El Estado tenía armadas su manos con puñales y la muerta aguda no se haría esperar.
Wood sabía que regresábamos de un extraño sueño nada agradable. Y ahora, con su colección de ojos escrutadores y sus miles de lágrimas fluyendo sobre sus mejillas, tenía el aspecto de una esfinge deseosa de ser cubierta por las astutas arenas del desierto. Mostraba su herencia mediterránea en un cierto adaptarse al paisaje, confundirse con su pelota, incrustarse en las paredes de la casa, hablar con gestos como si confiara más en la forma que en la idea. Así, poco a poco, por las fisuras que se iban abriendo en diversos planos o mundos de existencia, a medida que progresaba nuestra conversación llegó un momento en que todo giraba en redondo. Los árboles se confundían con los ladrillos de la casa, mi reloj pulsera se alojaba en el estómago de Wood, y todo paulatinamente fue volviéndose un amasijo compacto, de múltiples tonos y colores. Me fue difícil distinguir mis manos de las raíces de los árboles y de los cuadros puntillistas que Wood guardaba en el desván de su casa.