En cierto año del próximo milenio, en una tarde azul y transparente, llena de aire no contaminado por radioactividad (lejos quedaban las tinieblas radioactivas que China había distribuido por el mundo durante la Gran Guerra Global), de luz reflejada en aguas puras y cristalinas, en ríos cuyos peces de variados colores saltaban hacia la atmósfera, movidos por la euforia del regreso al origen; en esa tarde específica descendió un objeto peculiar de la brillantez de los cielos.
Al llegar a tierra, levantó un círculo de polvo a su alrededor y, seguidamente, se hundió unas cuantas pulgadas en el terreno. La violencia del choque produjo nubes de humo que se esparcían lánguidamente entre los árboles. El objeto celeste, un dodecaedro verde con bolitas rojas parecido al traje de un payaso, permanecía estático sobre la tierra mientras sus átomos disminuían la velocidad propulsada por el calentamiento de la fricción con la atmósfera, y sus tripulantes reparaban la Bola del Destino, una especie de cerebro electrónico y horóscopo en forma de bola adivinatoria que no solamente proyectaba los sucesos del pasado y del presente sino también del porvenir. Dicha bola se parecía, asombrosamente, a la que perteneció a una caprichosa emperatriz china y la cual puede aun contemplarse en el University Museum de la Universidad de Filadelfia. Empezando con tal disparate cultural, podría decirse que la tal nave y sus aparatos desafiaban todas nuestras ideas de lo que debe ser una cápsula espacial. Tanto el objeto celeste como sus tripulantes representaban lo otro, lo ajeno a la enésima potencia.
Dentro de la cápsula, las criaturas, que habían querido ir a la galaxia Andrómeda porque su forma ovalada les daba seguridad, habían caído por error en la Vía Láctea cuyos estelares tentáculos las horrorizaban, consultaban los libros de navegación intergaláctica y (otra curiosidad) tomaban té sentadas alrededor de una mesa redonda. Ellos también practicaban la ceremonia del té. La nave había caído en Nixoniana, país llamado así en honor del antiguo presidente Richard Nixon, creador de las razas Hispanic y Asian que ahora conformaban la mayoría de la nación.
Mientras los extraterrestres se ocupaban del té, fuera de la nave una nutrida multitud se dedicaba a especular lo que sería ese objeto que parecía venido de un circo. Esta tensa situación se prolongó hasta que fue reparada la Bola del Destino que les dijo a los extraterrestres que debían salir y entablar contacto con los habitantes del tercer planeta del Sol. Siguiendo ese consejo, abrieron la escotilla y salieron.
Al ver a la tripulación del objeto espacial, los terrícolas retrocedieron un paso. «¡Qué seres más anárquicos!», exclamaron, pues las criaturas desafiaban la ley de la paridad universal. La mitad del cuerpo era completamente diferente a la otra mitad y no había ni la más remota huella de la simetría bilateral. Al observar semejante desastre geométrico, los terrícolas no podían menos que expresar desagrado y confusión. No es que fueran amantes de la geometría, sino que su innato respeto por las convenciones así lo hacía aparecer. Con su peculiar concepto de lo correcto y lo errado, de las proporciones y de la paridad, no podían concebir un orden dentro del desorden; no comprendían la hegemonía de lo impar, de lo desigual, de lo diferente. Ni siquiera la fauna del cámbrico, con sus extrañas formas, como si un director de arte estuviera aprendiendo a diseñar y a dibujar, podía comparársele. Frente a estos seres de otro mundo que exigían tanto poder cognoscitivo y clasificador, se daban por vencidos. Y lo que era más curioso, no los podían ver realmente porque sus cerebros no tenían conceptos que los explicaran, algo así como lo que les pasó a los indios caribeños cuando las naves españolas por primera vez anclaron en sus bahías. Los indios seguían haciendo su vida normal sin notar que tenían delante grandes estructuras náuticas que ellos no veían porque carecían de conceptos para entenderlas y por ende verlas. De la misma forma, los terrícolas no podían realmente ver a esos seres y decidieron volverse a sus casas e ignorar lo que había pasado.
Por su parte los intergalácticos tuvieron un choque emocional de aburrimiento. La repetición de las partes, la imitación de las mitades, los sumergieron en un universo de especulaciones geométricas y de posibilidades plásticas, pero de tedio concreto. Afortunadamente para ellos la paridad era estúpida de mirar pero sabrosa de comer, y encontraron a los terrestres apetitosos. Los seres disparatados organizaron verdaderos festines romanos donde servía a los más rollizos ejemplares humanos y, como es natural, nada se supo de esto. Gracias a la conveniencia alimenticia de este nuevo planeta, los extraterrestres se establecieron sin dificultad. Y, aunque hacían estragos no podía compararse con las nuevas epidemias del cólera y la peste bubónica. Así pues la humanidad convivió con estas criaturas como desde el principio de la historia ha convivido con todo lo que le molesta reconocer o combatir. Los seres impares, alimentando sus cuerpos con la paridad fatal, poco a poco fueron reconciliando sus mitades, llegando casi a ser una unidad en el espejo.