Novela (fragmento)

I


Además de los colores impresionantes, de esos rojos diluídos y estriados sin remedio por una brusca
disminución del color, por una intermitencia que la retina registra implacable; además de esos vahidos del
color la imagen se abre como cola de pavorreal, como secreto largamente guardado. Orbis Terrarum
impreso sobre las dos circunferencias que recuerdan la dicotomía de la realidad, la polaridad de los sexos,
los contrarios, las corrientes positivas y negativas. Cada línea gravita sobre la superficie áspera del papel,
sobre el color arenoso que le atribuye una seriedad antigua que nos hace recostar sosteniéndonos con los
codos y perder la mirada en un punto indefinido, que bien puede ser una hoja que vacila en el espacio o una
partícula de polvo, súbitamente descubierta por un rayo de sol. La realidad se hace concreta, protuberante,
capaz de ser registrada por el sentido del tacto y a su vez archivada como una evidencia. Multitud de
percepciones diversas se funden, incandescentes, y se presentan con una voluminosa apariencia, difícil de
precisar en detalle, pero asequible en su totalidad, como un brusco despertar a media noche, mientras
afuera azota la tormenta. Y el fuego se hace figura danzante, enigma proteico, mago de luz, que permea
esos átomos indigentes, desprovistos de sugerencias y los hace vibrar en distintas escalas, en desconocidas
tesituras, al igual que en una gruta de resonancias, donde los sonidos se multiplicaran y no tuvieran fin.
Orbis y el panorama se abría como piernas de ramera ante la mirada avariciosa del intelecto, frente a su
cansado estupor. Sobre esa superficie áspera al tacto, erizada de una pelusilla amarillenta por los años, las
Iíneas negras se escinden gracias a una progresiva disminución del color, que el ojo distingue con certeza.
Esas rayas irregulares, caprichosas, bordean los continentes y marcan un océano de tinieblas, donde la
mano segura del dibujante creó extraños monstruos que lanzan chorros de agua y espuma por dos orificios
frontales. Los círculos se abren sobre el papel como las caras de una naranja madura, llenas de hendiduras,
arabescos, galeones y latitudes. Bajo el cristal late ese universo de seres mitológicos, esa carta náutica que
fue el orgullo de otros siglos.
Ahora, si se lanza una mirada a la calle, en vez de caballos y carros reales, se observan automóviles de
metal, pintados con tonos llamativos, conducidos por peculiares criaturas pequeñas y endebles, enardecidas
por el paso vertiginoso del tiempo. Dentro de esos acuarios rodantes, un mundillo en perpetua ebullición
toma forma, juguetea en el aire y se desintegra, dejando en la atmósfera unas cuantas chispas tardías. En
esas cabezas un cosmos brota del agua primordial, dejando atras las antiguas tinieblas y formando un
nuevo planeta de luz, poderoso, centrado en sí mismo, el cual se encargará de girar, indiferente al júbilo
que provoque a su paso. En la mente de las criaturas multitud de hechos desfilan como relámpagos,
encadenándose unos con otros, como la serpiente china que muerde su propia cola. No hay veracidad en
estas abstracciones y las figuras que se vislumbran detrás de las puertas giratoria podrían muy bien ser
insertadas en un album de familia o integrar las vitrinas de un taxidermista. Sin embargo, hay algo tenue
que une esas formas, una oculta complicidad, como si lanzasen filamentos gelatinosos que se entrelazaran
al igual que los microorganismos. Dentro de esas apariencias en perpetua locomoción, un vacío se abre
paso, precipitando en la inexistencia un marasmo de cosas, hechos y seres.
Se entrelazan en los desvanes, en los mercados públicos, en las grandes concentraciones políticas. Una
albúmina triunfante los cubre en ese momento y les da la apariencia de larvas regosijadas en una larga
modorra. La ciudad se abre con sus fauces de acero. Sus cines se llenan de multitudes anónimas y
anhelantes, que devoran imágenes, sonidos y una gran gama de colores iridiscentes. Los pies pisan el
pavimento, contemplan las mismas calles y las antiguas fantasías comienzan a desfilar por la memoria, con
sus grotescas contorsiones, con su peculiar concepto del espacio y el tiempo. La ciudad es ese esqueleto
calcáreo de monstruo marino, esa concha deshabitada que al caer la noche se llena de ecos y luces
pertenecientes a un pasado remoto, pero de indudable esplendor. Esa evocación antigua es un talismán que
los protege, pero que al mismo tiempo los enfrenta a su más recondita culpa. Descubre su carencia de peso,
su imitacion constante, su teatro de máscaras y efecto. Al encontrarse frente a los espejos, encorvados y
blancuzcos, reblandecidos, semejantes a gusanos envueltos en harina; una s&uacutebita oleada de
vergüenza los cubre. Como una garra gris, el cielo de la ciudad se lanza entonces sobre su presa. Suelta las
estrellas como bisutería desdeñable y muestra al fin su felina apariencia. Se ve desplomarse la bóveda
protectora, el benéfico cielo de otoño, la ingenua luna, las graciosas estrellas. El cielo es ese haz de llamas
que cae, ese mar de azufre que se esparce, ese sonido tan potente que hace vibrar cada objeto y se confunde
casi con el silencio. Sujetémonos en este valle de sombras, se murmura, démonos las manos, como las
figuras de papel que los niños recortan para su diversión. El repentino contacto cálido, la epidermis
sudorosa, las líneas convergentes y divergentes de su superficie, su secreto de venas, arterias, de actividad
microcósmica. Es la presencia del semejante, el doble vulnerable, sin raíces sobre la faz de la tierra, sin
techos sobre su cabeza, con enormes ojos donde se advierte la destrucción en todos sus detalles. El otro
también se asoma a las ventanas, deja balancear su cabeza y advierte el amanecer en ese cielo estriado de
luces naranja, grávido de expectaciones, en esas figuras grisáceas que forman las aves en pleno vuelo.
Suele torturar las hojas y partirlas mientras observa ausente el fluir de una savia incolora, pegajosa, que
cae gota a gota de esas hendiduras de un verde profundo. Ha acudido a espectáculos de crueldad colectiva,
donde una multitud efervescente contempla regosijada como un hombre se debate entre la vida y la muerte.
Ha presenciado esos ritos del odio y como todos ha escudriñado los ojos de la víctima en busca de la mirada
de terror, que hará su placer mas completo. El Otro es un buen refugio para las horas que enferman de
muerte, para ese porvenir que se presenta destilando sangre. Bajo la pálida luz que proyecta la lámpara, su
figura se observa con precisión, sus brazos protegidos por las mangas de la camisa blanca, que hace dulces
pliegues en los codos, sus ojos detrás de cristales que reflejan el mundo exterior en un círculo arbitrario,
deformado, y que lanzan rayos de luz intermitentemente. La criatura medita detrás de sus paredes, sentada
ante su ventana, protegida por el paisaje de sus estantes llenos de libros, de su discoteca, de sus alfombras
felpudas que absorben el sonido de inmediato. Esa forma que medita es el Otro, el Tú que se escurre y se
protege, que se dice «Yo» y cubre esa palabra de encanto sentimental, trayendo escenas de bautizos, fiestas
de cumpleaños, primeras cópulas, hechos, palabras, ¡historia en fin! Es lo que está fuera y al mismo tiempo
dentro de su propia realidad. Lo que juzga y saca extrañas razones, lo que condena y, a veces, aprueba con
una sonrisa de suprema comprensión. El monigote que se mueve y procrea, el que hace las leyes e investiga
en los laboratorios con olor a cloroformo. Tras la ventana pone a funcionar sus neuronas, agita su sistema
endocrino, sus válvulas: el monigote crea su cosmogonía, utiliza su yo como un lente de aumento y
presenta una realidad aprehendida por sus raquíticos sentidos.
¿Es o no es así? ¿Se debe todo a un error epistemológico o parcial, de detalles, de sutiles facetas pasadas por
alto en la prisa de conocer? Eso que se presenta a la mirada escrudiñadora con la inocencia de un paisaje,
con toda su meliflua pasividad; eso demuestra ser más poderoso en su misterio que la criatura incansable
en busca de sentidos, relaciones y orígenes. Se presenta en tres dimensiones, como una instalada totalidad,
con sus propios sistemas y leyes. Aguarda o más bien se regodea en una febril actividad, protegida por un
aparente estatismo. El lóbulo frontal se afana, la sangre fluye a esos tejidos que se comunican por impulsos
eléctricos y que tratan de poner en forma lógica la naturaleza de otros tejidos del exterior, su coherencia,
sus interrelaciones, su objeto. Cada neurona danza con una chispa de luz en su núcleo, con una
interpretación jubilosa sobre lo exterior, con una fisura en el mundo de lo incognoscible.
Afuera, la ventana se muestra como una interrogación, pero vista desde dentro, es un modo de adquirir
conocimiento. Y el individuo con su camisa de pliegues, con sus pantalones grises que languidecen en su
anchura, trata de apresar hilos que conecten verdades abstractas con hechos concretos. El Tú investiga,
examina sus códigos, ordena sus diversas informaciones como un todo coherente, del cual brotará un
sistema. Yo observo ( ¡yo! ¡que palabra de terror!) Tú eres observado, sin embargo a tu vez observas otras
cosas y te fatigas con los significados. ¿Qué constituye mi yo y qué ha creado el tú? Generaciones, países,
idiomas, detrás de esa palabra: la historia de la humanidad. La aventura de los genes repitiendo el rito de
la reproducción para su beneficio, para que permanezcamos como oscuros testigos de lo que esta mas allá
de nuestra comprensión. Para que abramos los ojos ante el insolente espectáculo de un cielo estrellado,
donde cada punto de luz es un sol tan enorme que su imagen mental nos hace enloquecer. Ante esos
billones de cuerpos gigantescos, sostenidos en el vacío por leyes que nombramos pero que no entendemos,
que giran, hacen sus cabriolas, sus gracias; la criatura humana pierde el equilibrio, se anonada en lo
microscópico de sus concepciones, en su falta de peso, en su horror. Como contraste, como ironía delicada,
el interior se despliega ingenuamente, ahora, en este momento hurtado a la eternidad. Vibra con la alegría
astuta de la semilla, sabedora de la potencia que encierra, de sus posibilidades, de su futuro que se
convertirá en su propia justificación. El exterior es la calle que se lanza en dos direcciones opuestas, esa
hilera de casas apretujadas, esa febril actividad mecánica y muscular. La sombra que pasa es un ser
protegido por el incógnito, hecho cosa dado a su impenetrabilidad. Constituye una parte del paisaje y
contra él se incrusta. Su familia, su nombre, su lugar de nacimiento, todos esos datos que harían tomar
corporeidad a su plana superficie son desconocidos. Sólo su mirada es un dato, únicamente sus ojos ofrecen
una hendidura en su misterio. ¿Qué dicen los ojos de estas masas ambulantes, de estas miserias que se
arrastran, de estos protozoarios insolentes que gritan, patalean y tratan de plasmar su visión del cosmos?
Sus ojos son mares prehistóricos, donde aún vibra el terror de las criaturas increíbles, de los monstruos
enormes que hacían del océano su teatro de horrores. Aún se siente el vuelo de esas aves que surcan el
espacio y cubren el sol con sus gigantescas alas. El laberinto de la palabra aún no ha sido explorado y yo te
observo, pero no te reconozco. No pienso que eres yo o quiza tú; sino que hay una figura frente a mí, un
animal bípedo y erecto, del cual puede venirme la muerte. Sólo el hacha hundida en tu cabeza me dará la
medida de lo que eres y en tu sangre derramada veré tu expresión, tu contraseña. También podré ser
desposeído y las noches que me esperan se convertirán en pozos humeantes, gélidos, de los que brota un
agudo chillido que penetra los músculos en un temblor. Largas noches en que el horizonte se abre
interminable, en que la luna aparece como una afirmación del vacío sideral, indiferente a toda emoción
humana, y en que el mar bate y las hojas se mueven con ese monótono murmullo que hace pensar en
alguna oculta complicidad. La luna es esa gran maga que seduce, que ilumina las rotundas sombras y les da
cierto brillo plateado, cierta vaguedad que poco a poco se desvanece en lo amorfo. A lo lejos se vislumbran
los árboles, entrelazados, mezclando sus copas como cabezas de gigantes, moviéndose al compás del viento
que se extiende trayendo el frescor del agua que salta y los olores de la noche concentrados en un vapor
dulzón. La noche es este verde que aterroriza, es la presencia ávida de las bestias atentas al mas leve
rumor, es la vegetación con sus figuras sin geometría, los peñazcos con sus asperezas y sus repentinas
claridades. Reflejan la luz de la luna que se pasea y se oculta a veces entre franjas de vapor, entre
filamentos de un blanco brillante y rosáceo en sus bordes. La soledad es el sonido del eco cuando atraviesa
la llanura, el piar de las aves recién nacidas aguijoneadas por el hambre y la espera angustiosa. Entregada
al azar, el ave proveedora quizá ha sido detenida por una tormenta o tal vez ha caído exhausta, agitando sus
alas, lanzando un agudo chillido sin ninguna significación. Se aguarda y la noche crece, se posesiona,
invade las cosas desde dentro como un temblor.