Después de un breve encuentro con un filósofo del positivismo lógico y un predicador de las doctrinas de Vivekananda, el señor Arístides Rivera, magnate del acero y del petróleo, se dirigió a sus habitaciones en el último piso del suprahotel La nueva Babel. Dicha habitación tenía la forma sorprendente de un polígono inscrito, o para ser menos irritantes, un dodecágono. La habitación era una obra maestra de la arquitectura griega y la simplificación estadounidense, uniendo semejantes antípodas de obtuvo un producto singular y esquizofrénico: el cuarto de La nueva Babel. Desde allí contempló un crepúsculo panorámico, recortado por las cimas de portentosos edificios y temerosas montañas imaginarias que se excusaban en la lejanía, anonadadas ante el empuje de los últimos remanentes de la revolución industrial. Todo estaba trazado. Arístides meditaba en el sagrado arte de no meditar, pensaba con toda concentración en el no pensar, y concretaba lo inútil de concretar. Después de atravesar la puerta estrecha de la contradicción y de caminar por el filo de la navaja del sin sentido, llegó a la conclusión de que su mente no había sido desarrollada hasta alcanzar su aterrador potencial, había neuronas ociosas que consumían flujo sanguíneo sin reportar absolutamente ningún beneficio a la totalidad del cerebro. Esto se debía a la formación humanista del Rey del Acero, a sus pocos latines, a su desprecio por las metáforas tecnológicas que son la apoteosis del hombre.

El señor Rivera se acomodó los lentes, unió unas cuantas imágenes románticas con respecto al atardecer, leyó un artículo de la revista del Opus Dei, Final de los tiempos, e ipso facto abrigó el extraño proyecto de animar todas sus neuronas de una vez y por todas. Las abrumaría con infinitos datos, cálculos, teorías, paralelismos, y cuadraturas del círculo. Paso seguido descolgó su teléfono-televisor y llamó a su ayudante. De inmediato (su poder así se lo permitía) una nube de técnicos, científicos, músicos y astrólogos llenaron la ilimitada habitación con el avispeo de sus conversaciones. Se improvisaron simposios culturales, congresos, conferencias. Fue utilizado el cine, la televisión, casetes, MACs, PCs, videos, DVDs, Ipods, la Cábala, el Koran, los terroristas islámicos, los masones, los rosacruces, Michael Jackson, la familia Bush, la CIA, el FBI, y modelos traídas expresamente de Milán. Arístides se atiborraba de conocimientos, pues su voracidad era infinita y el tiempo estaba enteramente a su disposición.

Dedicó su tiempo y fatigas a la investigación total de lo que existe, ha existido y (con cierto margen de dudas) lo que existirá. Esta ardua labor de «artífice de taller florentino» consumió su tejido adiposo, debilitó sus músculos, y redujo su cabello de forma tan alarmante que al cabo de diez años de estudio, su apariencia era la de un clásico humanoide salido de una película de ciencia ficción.

II


Asustado por las conclusiones que sacaba, valiéndose de la labor de las recién despertadas neuronas y (no está de más alabar un poco la técnica) también de las últimas máquinas intergalácticas y posnucleares de la Apple, se dedicó a la tarea de advertir a la humanidad del terrible peligro que se cernía sobre el mañana. Había llegado a la caprichosa conclusión de que en el futuro la humanidad seria incosteable o sea que consumiría el triple de lo que producía, llevando al planeta a una apocalíptica (pero nada oscura) crisis económica e impulsando a los plutócratas a suplantarla por una de autómatas. «Divina simplicidad». Los autómatas eran más económicos, no necesitaban alimentos, ni ropas, no se reproducían, no creaban desperdicios, ahorraban oxígeno, y no elaboraban peligrosas teorías políticas. El mundo quedaría en manos de unas cuantas familias que todos conocemos y de la eficiencia burocrática. Este era el siniestro plan que se llevaría a efecto en la mitad del siglo XXI y que nuestra criatura había descubierto valiéndose, en la última etapa investigativa, de la geometría no-euclidiana y de la imagen en el espejo de los átomos pi-mesón. Su cerebro, hipertrofiado por el constante estudio, había elaborado sistemas, leyes de probabilidades, conclusiones, y se dedicó a dar conferencias en Power Point para avisar a la humanidad del peligro. Al terminar sus charlas, el público salía enardecido, dispuesto al combate, pero cuando se desperdigaba y se convertía en individuos, enfrentándose a la televisión, los problemas caseros, los periódicos, el presupuesto mensual, los horóscopos, se olvidaban de lo dicho y se acomodaban a sus pequeñas vidas sin pensar más en el hidrocéfalo vociferante. Sin embargo, el humanoide, La Cosa, como le llamaban los periódicos hispanos de Nueva York, persistía en sus agitaciones lleno de fervor trotskysta.

Una tarde, la imagen glamorosa de Miss Universo fundió todos los orticones al hacer su aparición en el salón de conferencias donde La Cosa charlaba sobre la relación entre los cincuenta nombres de Marduk, Disneylandia, y los ciclotrones del Instituto Tecnológico de Chicago. Al terminar su discurso incluyó una coletilla, parafraseando a un histérico romano: «¡Hay que destruir a los plutócratas!» Miss Universo interrumpió la algarabía de la audiencia con una inocente pregunta: «¿Por qué se ocupa tanto de la humanidad si usted no tiene nada de humano?» Aquella pregunta del Objeto Sexual, similar a las frases ingenuas de las rubias despampanantes del siglo pasado, como Marilyn Monroe, dejó a La Cosa desarmado, balbuciendo sin remedio sobre el escenario, y soportando el peso atroz del ridículo. Él, que se había preparado tanto para luchar contra los genios, la ciencia, la crítica literaria, la dialéctica de la historia, contra todo lo grandioso y rimbombante, había descuidado preparase contra la bobería. Y en la bobería encontró su Waterloo.

Una gran pasión surgió de ese embarazoso instante, llevando a La Cosa a todos los extremos ridículos de los amantes no correspondidos. Para la rubia coqueta, La Cosa era un monstruo de fealdad y su amor le producía un repugnante escalofrío. Con el fin de huir del tenaz cabezudo se marchó a California a meditar con budistas kapalikas en una cueva frente al Pacífico. Mientras tanto, La Cosa se dedicó a un mutismo lleno de amenazas. Se hizo misántropo, mandó cartas macabras a los periódicos, participó como el abogado del diablo en los programas radiales de opinión de la calle, se paseó montando un velocípedo por los pasillos del hotel y se suscribió a Selecciones. Al cabo de algunos años de tedios y suspiros decidió reintegrarse al mundo, ayudado por las clases de Scientology y el espíritu de Rastafarian. En honor a su etapa catatónica decidió construir un trasatlántico al que le pondría por nombre Love. La Cosa renació esa tarde en que rompió la botella de champaña contra el casco del Love. No era «el saber» lo que necesitaba («el que agrega ciencia, agrega dolor») era músculos, tensión dinámica. Reanimado por estas ideas se inscribió en un gimnasio y comenzó a levantar pesas, a boxear, a hacer calistenia, Karate, Kung-Fu. Leyó con fervor las historietas de superhéroes como Superman y Batman. Al cabo, la muerte lo sorprendió triunfando en una llave de judo.