La Habana, (NPC) Ene. 18. — Desde un motel de un arrabal de Dallas, me llamó la última vez
Reinaldo Hernández Soto. Eran en Cuba las 12 y 17 de la noche pero para él, allá, en aquel
país enorme era el tiempo de leer unos poemas y hablar de su patria, de sus juegos, de su
casa y de la celda donde pasó cuatro años, en la inhóspita década del 90.

Se tomaba un wisky Passport, con agua mineral, marca El Águila de Oro, que tiene color plata y
el mismo sabor que una cucharada de arena de los Jardines del Rey, específicamente de un
playazo de Cayo Romano, donde una vez el niño Reinaldo se bañó desnudo.

No se tomaba un wisky, se los tomaba todos y no le importaba la máquina que le tomaba a él
el tiempo de la llamada, porque su sueldo de peón de mantenimiento de un edificio de
apartamentos le permitía esa noche, sólo esa noche, el lujo de unos poemas para su país.

Saber que su voz, al menos su voz, que salía desde Texas resonaba en un barrio de La
Habana.

“He nacido en el mundo

no estoy atado a ninguna piedra

no me alcanzan ninguna geografía

porque el horno es el mismo para todos

y cualquier tumba podría ser

mi tumba...”

Eso. Eso leía Reinaldo desde un teléfono público desde bar Happy Dolly, mientras su amigo, un
uruguayo o algo así, le pedía, “Decí el de la piva que te largó”. “No, no”, dijo el poeta. /Voy a
leer el que escribí preso, en Canaleta, en 1990...”

“Cuando regrese ya no serán iguales tantas cosas,

desde el propio calor de los abrazos hasta el curso del rayo de los ojos.

Quizás no esté mi abuela, con sus manos de maga

ni mi abuelo con voz extemporánea,

tal vez la ceiba se haya roto como un reloj cansado

y el cocotero ya no responda al viento

con sus flautas.

Puede que yo mismo no sea yo...”

Y después leyó ocho, diez poemas del exilio, y de las soledades, que no eran ni más largos ni
más dulces que los que pensó y preparó en la cárcel, junto a decenas de crónicas testimoniales
de la vida entre rejas. Yo sólo lo escuché en silencio hasta que dijo: “Este es el último”, y lloró
un poco, pero en seguida cortó la comunicación.

El poeta y periodista Reinadlo Hernández Soto me condujo, mediante la pedrería de sus versos
hasta aquellos años que ya son el pasado, el tiempo en que esos hombres y mujeres se les
podía decir sus nombres, y mirarlos de frente largo rato.

Si es cierto que nos es lugar y algia, dolor y que nostalgia quiere decir entonces dolor por un
sitio al que no podemos regresar, yo tenía nostalgia cuando colgué el teléfono y me puse a
pensar en lo maravilloso que es que Reinaldo esté vivo en cualquiera parte del mundo, insomne
y baracutey, escribiendo poesía.


Nueva Prensa Cubana/ Reportó desde La Habana, Raúl Rivero / CubaPress.