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Una
muchacha fea.
Una mujer de ojos opacos
labios finos y duros.
Una mujer vacía
sin encanto, enfermiza
que no se sabe de memoria un verso
y nunca recuerda una canción.
Ajada, de izquierda, terrenal
una muchacha y su fealdad intrincada
laberíntica como carta marina
impenetrable como un seto de piedra.
Mala, además
porfiada
huérfana de piedad
parca, sombría
que tose como un coro de atabales
y desayuna hiel.
Ella y su pelo lacio
romas y sin mensaje
las líneas de la muerte de sus manos romas
claridades, reliquias de epidemias
en la aspereza de su piel de lija.
Una muchacha fea
que maldice las flores
y ha fundado un herbario debajo de su almohada.
Una muchacha que cobija siempre
en la emoción de los recuerdos que me acosan
una categoría remota de ternura
para atenuar el esplendor de su fealdad.
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