|
Reinaldo Arenas La única vez que hablé con Reinaldo Arenas de literatura fue en la playa de El Mégano, unos pocos kilómetros al este de La Habana, en el invierno de 1978. Él había alquilado una cabaña junto al mar y pasaba un fin de semana con unos amigos. Yo me había refugiado allí también, más que para escaparme del mundanal ruido de la ciudad para estar solo con una muchacha, con quien había pensado inaugurar la eternidad. Entre los personajes que convivían allí, con el escritor, me llamó la atención un tipo gordiflón, alto, que se movía como en cámara lenta, detrás de Reinaldo, con unos papeles y unos libros siempre entre las manos. Mira, me dijo Reinaldo, aquí te presento a la Tétrica Mofeta. El hombre no se inmutó por aquel nombrete estrafalario y sólo sonrió, levemente, mientras me tendía una mano que parecía un guante de béisbol. Esa noche, frente a un garrafón de agua mineral, que se había rellenado con cerveza mala, el autor de Celestino antes del alba me habló de la novela en que estaba trabajando, y enseguida comprendí el remoquete de su enigmático acompañante. El libro se llamaba: El palacio de las blanquísimas mofetas. Yo le dije que me sentía como un poeta y nada más. Que no tenía orden ni disciplina para escribir una novela. Que se necesitaba una mente muy racional para esa tarea. Para escribir una novela, comentó él, ante el pequeño auditorio que se había reunido en el portal lo que hace falta es valor, delirio y talento. Y muchas ganas de trabajar. Ella se va haciendo sola, cuando uno de verdad tiene cosas que contarle a la gente. No sé si terminamos leyendo poemas, todos, pero cuando evoco aquellos tres o cuatro días de la playa, lo que me queda es el sonido de la voz de Reinaldo, con su mala administración de las zetas, y su deleite por pronunciar algunas palabras, como si las estuviera saboreando. Nunca fui un amigo cercano del gran escritor. Sólo alguien que lo admiró y le temió, desde lejos. Porque poco después, en esa misma época, mientras yo me esforzaba por ser un disciplinado y fervoroso integrante de la vanguardia cultural del proletariado, Reinaldo instalaba lenta, pero escrupulosamente en Cuba, un reinado de irreverencias, violaciones, herejías, actitudes y posiciones desastrosas para quien quisiera hallar un espacio en la sociedad, que sería el espacio natural del hombre nuevo. Reinaldo era el hombre viejo. Reinaldo era el hombre malo. Contestatario, homosexual, en medio de un ámbito homofóbico hasta el ridículo, su nombre después de los primeros escándalos y castigos se pronunciaba en voz baja, con una combinación torva de admiración y miedo. Los homosexuales que querían subirse a la carreta marxista, lo silenciaban y lo envidiaban. En público lo negaban tres veces, como lo negábamos todos, pero luego corrían a tugurios y mataderos a reverenciarlo, porque él se enfrentaba al machismo-leninismo, a la censura y al freno, con coraje y con un desprecio salvaje por el poder. Desde mis sillones de funcionario cultural, o desde las salas de redacción donde aplaudía, febril y asalariado, lo percibía como un incómodo transgresor, un enfermo que ponía en peligro nuestra luna de miel con la clase obrera. Sus compañeros naturales lo dejamos solo. Se quedó marginado, con un reducido séquito de leales, que le secundaban en sus aventuras y cumbanchas extravagantes. Porque los deslumbraba el creador y lo seducía el pederasta. Era un fantasma molesto, al que yo no quería ver, saludar, almorzar con él, compartir una taza de café o un cigarro. Interesarse por su salud era un pecado demasiado grave para alguien que se sintiera defensor de los pobres, de la libertad y del socialismo. Sin embargo, todos seguimos atentos su inventario de catástrofes, y de alguna manera contribuimos a perfilarlo con comentarios políticamente correctos, ante la enojosa postura de aquel delirante. Sus provocaciones políticas herían la sensibilidad, y causaban sobresalto. Pero sus guateques homosexuales exagerados siempre por cronistas voluntarios, luego por él mismo, en su literatura hacían que recayera sobre el escritor, como tratando de ocultar el rasgo esencial de su vida, todas las riquezas zoológicas con que los cubanos designamos a los homosexuales: pájaro, yegua, pato, cherna, pargo, vaca y mariposa. Entre nosotros, aquí adentro, en aquellos tiempos, quien trascendía era el ser humano, el guajiro maldito, la loca de carroza, de arete, con balcón a la calle, con las bases llenas, que era al mismo tiempo un enemigo del pueblo, un contrarrevolucionario. Cuando se fue o se lo llevaron por el puente marítimo de El Mariel, junto a otros 125 mil cubanos, en 1980, su fantasma silvestre pasó a un segundo plano, y la burocracia y los compinches que habían desertado de su república hereje respiraron en paz. Unos meses después, comenzó a volver. Esta vez con su dimensión real de escritor porque los libros que publicó en el extranjero circularon en Cuba de mano en mano, y fragmentos y anécdotas de sus memorias volaron, vuelan de una provincia a otra, día y noche. Luego su muerte y su carta de despedida le dieron mayor definición a lo verdaderamente importante de Reinaldo: su obra literaria. En Cuba sigue prohibido, como está prohibida la película Antes que anochezca, que ahora recorre el mundo. Los cubanos no la veremos, por decreto estatal, aunque la gente sabe que Javier Bardem estuvo nominado para el Oscar, por la hondura y organicidad con que se metió en la piel y la sangre de Reinaldo. Aquí, la gente se alegra por su gloria tardía. Yo, que asistido por la cobardía y sus espejos, le negué la sal y el agua, soy ahora el homiciado, y me siento menos solo si convoco su espíritu. Raúl Rivero, poeta y periodista, es director de la agencia de prensa independiente CubaPress. Reside en La Habana. |