La Habana (NPC), 16 de agosto.-

Se fue quedando. Mandó a sus hijos por delante y él se fue quedando en su pequeña casa de las afueras de La Habana, con una pequeña pensión y el dinerillo que había ahorrado en los últimos años de la década de los 50.
Era un simple bachiller en letras, con lecturas, muchas lecturas, aficionado a la historia y en particular a la de Cuba. Se sabía la vida de la mayoría de los padres fundadores, y para todos tenía dispensas y disimulos en las etapas en que todos veían claramente errores o torpezas o vanidades.
Su vida de burócrata clase B, de una compañía extranjera, le había dado una cierta seguridad para producirse y lo dotó, definitivamente, de retórica y una filosofía privada, que lo hacía sobresalir moderado, pragmático y ecuánime. Los violentos cambios que llegaron a su país, con la revolución, lo inquietaron un poco mientras sus dos hijos —en esa época unos jóvenes de 23 y 24 años— permanecieron en Cuba. Pero después volvió a su paso de siempre. O mejor, comenzó a encerrarse en la vida vivida, a recrearla, a magnificarla en sus relatos y en definitiva volverla a vivirla en el butacón color vino de su sala, mientras la esposa desertaba escandalosamente con ensueños profundos o comentarios como este: “José Manuel, eso no fue exactamente así”.
El caso es que al tiempo que se fundaban los comités de defensa de la revolución, y afuera se formaba la debacle social, nuestro hombre viajaba hacia la infancia en una carrera desesperada por alejarse de la nueva realidad. Todos sus cuentos, historias y anécdotas comenzaban con esta palabra gloriosa: “Antes...”
De ahí fluía la trama, y los obligados remates pedagógicos. Si narraba un incidente en el que intervenían dos amigos, la cosa terminaba siempre con algo como esto: “Amigos de verdad, los de antes...” Amistad sincera y sin interés políticos, ni bajezas ni discusiones por boberías ideológicas, uno allá y el otro aquí. Pero el afecto invariable, en las buenas y en las malas.
Sobre el amor, lo mismo. “Amores grandes los de antes”. Mujeres difíciles y exigentes, romances que tenían que incluir cartas y postales, fotos y bombones, invitaciones al cine y a los bailes, gentilezas y emociones, y ceremonias —como las serenatas—: “Amores, aquellos sí que eran amores...”
Amaneceres, los de antes, con aquel solazo luchando por salir allá, en Santiago, y el país entero esperándolo ya con las primeras luces y un resplandor que encandilaba. Amaneceres buenos los de antes, como los atardeceres, que se demoraban más y a la noche le costaba trabajo llegar.
Dinero el de antes, que con una monedita de 20 centavos usted almorzaba como un general en cualquier casa de vecino y con 5 pesos era el rey de cualquier baile. Y por una bobería se compraba una caja de guayaberas y unos lazos, y unos Ingelmos que le duraban toda la vida. ¡Aquello si era dinero!
Familia, la de antes. Nadie andaba desperdigado por el mundo. ¿Quién le iba a decir a un abuelo de antes que no se podía entender con su nieto porque no hablaba bien el inglés? Familia, la de antes: los domingos en casa de los viejos, frente a un arroz con pollo, y unos plátanos maduros y una ensalada y un par de cervezas.
Sueños los de antes, que cuando usted venía a ver se había acostado “bruja” y a medianoche se sacaba la lotería, y antes de que saliera el sol ya había comprado una casa nueva y un carro de la agencia. Sueños buenos los de antes. Sueños largos, casi reales, donde de repente estabas en México, o Nueva York, con la mujer y los muchachos y comprándole regalos a la familia, sonaba el despertador, y de todas formas te ibas contento para la oficina.
Sociedad dura y competitiva la de antes. Ahora cualquier imbécil que aplauda y diga que sí, sube en la escala social. Antes sí era duro. Había que saber y trabajar como un burro, y mostrarte alegre y dispuesto a quedar bien todos los días.
Tenía José Manuel muchos otros “antes” mejores que el presente, Ahora voy a describir el único antes: “Muertes buenas, José Manuel, las de antes”. Con la funeraria llena de flores y amigos, y la familia unida junto al féretro y los parientes llegando de Las Villas, y telegramas de gente querida y los hijos serios y tristes pero diligentes, en el papeleo y las despedidas. Muerte buena, la de antes: rotunda y fulminante. No este desgaste y estas pérdidas para terminar en un cajón primitivo y con tres cojines de flores horrendas y tú allí con la última guayabera de hilo y ver el amanecer de ese domingo, que a mí me pareció —de todos modos— mucho más fugaz que los de antes.


Nueva Prensa Cubana/ Reportó desde La Habana, Raúl Rivero/ CubaPress.